La leyenda dice que había una montaña en el centro de la isla. En ella habitaba Evenor junto con su esposa Leucipe y su única hija Cleito. Poseidón, el dios del mar, se enamoró de la bella Cleito y tuvo trato carnal con ella. El dios, celoso de los hombres, hundió el suelo y aisló la colina donde ella vivía, creando zonas alternas de agua y tierra. Manantiales de agua caliente y de agua fría rodeaban el lugar, e hizo que crecieran de la tierra toda clase de alimentos en abundancia.
Cleito dio a luz a cinco parejas de gemelos varones. Poseidón entonces
dividió la isla en diez partes, dándole al primogénito de la primera pareja la
casa de su madre y los terrenos circundantes, y le hizo rey por encima de los
demás. A los otros los hizo príncipes y les dio un gran territorio. Al mayor
de estos hijos le puso de nombre Atlas y por él la isla y todo el océano se
llamaron Atlántico.
Los hijos de Poseidón originaron dinastías reales. Y
luego, el imperio de los atlantes se extendía hasta Egipto y Tirrena. La isla
producía la mayor parte de lo que requerían para los usos de la vida,
comenzando por el oricalco, metal sólido y fusible que brillaba como el cobre
y que por entonces existía en muchos yacimientos en la isla, y era más
preciado después del oro. Había abundante madera para los carpinteros y
suficiente sustento para los animales, tanto domésticos como salvajes. También
había toda especie de fruto que admitiera cultivo, desde legumbres y frutos de
cáscara dura que permitían hacer bebidas y ungüentos. Utilizando todas estas
riquezas de su suelo, los habitantes construyeron templos, dársenas, puentes y
puertos.
El Reino de los Atlántides se convirtió en próspero, progresista y
poderoso, que ensanchó su dominio por medio de la conquista, avasallando a
todos los pueblos del Norte de Africa, hasta llegar a Egipto.
Los Atlantes
eran altos, orgullosos y atrevidos, que cruzaban el océano pues eran maestros
en construcción de naves, puertos y palacios que decoraban con bronce, estaño
y orocalco.
Estos hombres amaestraban elefantes, cultivaban bien los
campos, sembraban cereales, frutas y legumbres, planeaban obras hidráulicas en
la parte central de su dominio, en la que formaron una lista de 125 leguas de
longitud y 83 de anchura, cruzando la región con zanjas de riego, rodeado por
un canal de 100 pies de profundidad, 200 estadios de anchura de circuito,
alrededor de un extenso y fértil valle de forma cuadrada.
Este acueducto
recibía las aguas que se precipitaban de las montañas, que limitaban la
planicie, las que después de tocar la ciudad, desaguaban en el mar, formándose
así una isla, que era maravilla de arte y de poder.
La Metrópoli quedaba rodeada por varios recintos concéntricos, alternados
de tierra y agua, alimentada esta última por el mar, formando así no solamente
un puerto, sino una fuerte muralla alderredor de la ciudad.
Uno de los
hijos de Neptuno gobernaba la parte de la isla que quedaba frente a lo que es
hoy la España, región que dominaban bajo el nombre de "Iberos", cuyo idioma,
el vascuence, no tiene parentesco con otros europeos, el que se habla en el
Norte de dicha península y Sur de Francia.
Aconteció entonces, según relato de los sacerdotes egipcios, (según cómputo
de años lunares, aconteció el Diluvio Bíblico en 2379 A.J.), que los Reyes de
la Atlántida habían formado una grande y maravillosa potencia, cuya fuerza
reunieron para dar un golpe a Egipto, Grecia y a todos los demás pueblos de
ese lado.
Bajo estas circunstancias, los dioses marcaron entonces su
destrucción, y "Atenas, oh Solón, hizo brillar, en todo lo que valía, su valor
y poder, librando al triunfar, los pueblos sojuzgados."
Entonces ocurrieron
terribles temblores e inundaciones, desintegrándose la Atlántida, la que
desapareció con todos sus habitantes en un solo día y una sola noche. La
desaparición de la Atlántida causó un obstáculo insuperables para la
navegación, por la gran cantidad de fango que la isla dejó al hundirse,
quedando obstruida la salida por el Estrecho de las Columnas de Hércules.
La desaparición repentina de todo un continente no halló en aquellos tiempos otra explicación que la que propagaron los pueblos del Mediterráneo, atribuyéndola a la envidia de los dioses, lo que no extraña, ni de que haya todavía hoy personas que dudan que el continente perdido existió, tomando el relato de Platón por una simple fábula.
Sin embrago, los comentarios de Platón sobre la existencia de Atlántida, quien decía que "las islas Azores y Canarias son los restos de Atlántida", no es la única fuente sobre ella. Homero, que vivió 100 años antes del tiempo, en que los sacerdotes egipcios le refirieron su historia a Solón, hablaba ya de un país en el Océano, fuera de los límites de tierra firme, llamado "El Eliseo", tierra dichosa en que no se conocían ni inviernos, ni tempestades, la que menciona también en su Odisea, llamándola en ella: Isla Afortunada, colocándola cerca de las Canarias, Azores y otras partes del Atlántico, cuya existencia entonces no se puso en tela de duda hablándose de la felicidad de la que debían disfrutar en ella.
Por otra parte, Aristóteles hizo saber que la Atlántida era muy extensa en
longitud, localizándola frente a las Columnas de Hércules, poblada de bosques,
no dejando de mencionar sus tierras de riego.
Marcelo decía que la
Atlántida era "como una isla más grande que la Liberia y el Asia unidos." Y
según datos no muy exactos, queda una diferencia de varios años entre la
destrucción de Atenas y la desaparición de la Atlántida, pero es de creerse
que ambos acontecimientos se registraron a un mismo tiempo, (recuérdese que
hubo una guerra entre ellos), es decir aproximadamente entre los años 2379 y
2374 A.J., motivados por el Diluvio Bíblico.